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La Ecología Terrestre es una disciplina que estudia las interacciones entre los organismos y su entorno en los ecosistemas de la biósfera terrestre. Este campo abarca desde la dinámica de bosques, praderas y desiertos hasta las complejas redes de vida que sostienen el suelo, el agua y el clima local. En un mundo donde las actividades humanas transforman rápidamente los paisajes, entender la ecología terrestre es crucial para conservar la biodiversidad, mantener la productividad de los ecosistemas y asegurar bienes y servicios esenciales para las sociedades.

Qué es la Ecología Terrestre y por qué importa

La Ecología Terrestre examina cómo los seres vivos se organizan en los paisajes terrestres, cómo fluyen la energía y los nutrientes, y cómo cambian las comunidades a lo largo del tiempo. Esta disciplina combina biología, geografía, climatología y ciencias del suelo para describir procesos como la productividad primaria, las cadenas alimentarias, los ciclos de nutrientes y la resiliencia ante perturbaciones. Aprender sobre ecología terrestre nos ayuda a interpretar por qué ciertos hábitats se sostienen durante siglos y por qué otros son vulnerables a la degradación.

Desde los primeros naturalistas hasta las modernas metodologías de teledetección y modelización, la Ecología Terrestre ha evolucionado hacia enfoques más integradores. En el pasado, las investigaciones se centraban en especies individuales; hoy se priorizan las comunidades y los ecosistemas como unidades dinámicas. Este cambio ha permitido entender conceptos como la biodiversidad funcional, la capacidad de carga de un paisaje y la resiliencia ecológica, que son pilares de la conservación y del uso sostenible de la ecología terrestre.

En la Ecología Terrestre, la energía entra al sistema principalmente a través de la fotosíntesis de las plantas. Esta energía se transfiere a través de la red trófica, desde productores hasta descomponedores y predadores. Entender estos flujos energéticos es clave para comprender por qué algunos ecosistemas presentan una estructura de comunidades con muchos herbívoros y pocos depredadores, mientras que otros muestran lo contrario. La eficiencia de transferencia de energía entre niveles tróficos determina la productividad neta del paisaje y su capacidad de sostener recursos para la fauna y para las personas.

La Ecología Terrestre destaca que la biodiversidad de un paisaje no es solo la suma de especies, sino la variedad de funciones que desempeñan. Los ecosistemas terrestres exhiben una organización jerárquica: especies singulares, comunidades, escenarios de paisaje y procesos globales. La diversidad genética permite la adaptabilidad ante cambios ambientales, mientras que la diversidad de hábitats facilita la coexistencia de múltiples especies. En este marco, la idea de biodiversidad funcional se vuelve crucial para entender la sostenibilidad de servicios como la polinización, el control biológico y la fertilidad del suelo.

La Ecología Terrestre evalúa la productividad primaria bruta (la energía captada por la fotosíntesis) y la productividad primaria neta (la energía disponible para el crecimiento y la reproducción después de las pérdidas estomacales, respiratorias y de mantenimiento). En bosques boreales, tropicales o desiertos, estas tasas varían enormemente y están determinadas por factores como la disponibilidad de agua, la temperatura y la calidad del suelo. La productividad primaria condiciona la capacidad de un ecosistema para almacenar carbono y sostener biomasenteros.

Los ciclos biogeoquímicos son el latido de la Ecología Terrestre. El carbono circula entre la biomasa, el suelo y la atmósfera; el nitrógeno sostiene la fertilidad de las tierras; y el agua regula procesos biológicos y climáticos. La interacción entre estos ciclos define la fertilidad del suelo, la estructura de la vegetación y la resiliencia ante sequías o lluvias intensas. En términos prácticos, comprender estos ciclos es fundamental para diseñar prácticas de manejo que reduzcan pérdidas de carbono y mejoren la disponibilidad de nutrientes para las plantas y los microorganismos del suelo.

La ecología terrestre contemporánea se ve desafiada por la deforestación, la urbanización y las prácticas agrícolas intensivas. Estos cambios alteran la disponibilidad de hábitats, modifican la infiltración de agua, alteran la temperatura del suelo y reducen la diversidad de especies clave. El cambio climático añade una capa adicional de incertidumbre, afectando patrones estacionales, regímenes de incendios y la migración de especies. La comprensión de estos procesos es esencial para anticipar efectos en la productividad, la capacidad de reserva de carbono y la salud de los suelos.

En la Ecología Terrestre, las cadenas alimentarias conectan productores, consumidores y descomponedores en redes complejas. Los productores como las plantas y algas terrestres fijan la energía solar, los herbívoros consumen biomasa y los carnívoros regulan las poblaciones. Los descomponedores, como hongos y microorganismos, devuelven nutrientes al suelo, cerrando el ciclo. La estabilidad de estas redes depende de la diversidad, de la redundancia funcional y de la conectividad entre hábitats.

Las redes tróficas no son estáticas: cambian ante perturbaciones como incendios, sequías o introducciones de especies. En la ecología terrestre, las comunidades que presentan mayor redundancia funcional tienden a recuperarse mejor después de disturbios. Por ello, conservar una variedad de especies que cumplan roles similares puede aumentar la resiliencia de bosques, praderas y sabanas ante futuros desafíos ambientales.

La Ecología Terrestre estudia cómo los bosques y suelos actúan como sumideros de carbono, moderan la temperatura local y mantienen la calidad del agua. Los suelos saludables almacenan carbono, permiten la infiltración de agua y sostienen la productividad de las plantas. La conservación de bosques y humedales, junto con prácticas agroecológicas, protege estos servicios y reduce la vulnerabilidad ante eventos extremos.

Más allá de lo tangiblemente utilizable, la ecología terrestre aporta beneficios culturales y estéticos: recreación, inspiración, investigación académica y conocimiento tradicional. Los paisajes biodiversos enriquecen experiencias humanas y fortalecen la conexión entre las personas y la naturaleza, un componente clave para apoyar políticas de conservación y educación ambiental basadas en la Ecología Terrestre.

La pérdida de cobertura boscosa y la expansión urbana fragmentan hábitats, reducen la conectividad ecológica y alteran los procesos hidrológicos. La agricultura intensiva puede degradar suelos y disminuir la biodiversidad. En el marco de la ecología terrestre, estas presiones se abordan mediante enfoques de conservación de paisajes, restauración ecológica y manejo del territorio con criterios de sostenibilidad.

Los contaminantes atmosféricos y del suelo alteran la fisiología de plantas y microorganismos, influyen en la disponibilidad de nutrientes y pueden desencadenar desequilibrios en la red trófica. El cambio climático intensifica eventos extremos, incrementa la sequía en algunas regiones y modifica la distribución de especies. Las respuestas de la Ecología Terrestre guían estrategias para mitigar impactos y adaptar los sistemas naturales y humanizados a un clima cambiante.

La disciplina utiliza observaciones de campo, cámaras trampa, muestreo de suelos y teledetección satelital para rastrear la salud de los bosques, la cobertura vegetal y la productividad. Estas herramientas permiten convertir datos en indicadores de estado del ecosistema y en proyecciones de tendencias para la ecología terrestre.

Los modelos permiten simular respuestas de los sistemas terrestres ante cambios de temperatura, precipitación y uso de suelo. En la práctica, la modelización de la Ecología Terrestre ayuda a planificar la conservación, a optimizar la gestión de recursos y a evaluar políticas públicas orientadas a la mitigación del cambio climático y la resiliencia de los paisajes.

En bosques templados de zonas templadas, la ecología terrestre revela cómo la estructura de capas (dosel, sotobosque y suelo) soporta una diversidad de fauna y un banco de carbono significativo. La restauración de áreas degradadas demuestra que recuperar la conectividad y la diversidad funcional puede restablecer rápidamente servicios como la regulación del microclima y la regulación hídrica.

Las praderas y sabanas muestran una alta productividad por unidad de área y una compleja red de herbívoros y depredadores. La Ecología Terrestre en estos ecosistemas destaca la importancia de las presas y predadores para mantener el equilibrio, la resiliencia ante sequías y la sostenibilidad de las actividades pastoriles.

En ecosistemas desérticos, la biodiversidad se adapta a ventarrones, altas temperaturas y escasas lluvias. La ecología terrestre de estos ambientes se centra en estrategias como la conservación de semillas, la germinación estacional y las interacciones entre plantas y microorganismos del suelo que facilitan la retención de agua y la fertilidad temporal del paisaje.

La Ecología Terrestre propone conservar por hábitat, no solo por especie. Este enfoque favorece la conectividad entre parches de bosque, la restauración de corredores biológicos y la protección de servicios clave para comunidades locales. La planificación espacial basada en evidencia ecológica genera políticas más eficaces y sostenibles a largo plazo.

La restauración ecológica busca devolver a un ecosistema sus funciones naturales, desde la estructura del suelo hasta las comunidades de fauna. En la práctica, implica rehabilitar la cubierta vegetal, mejorar la infiltración de agua, reintroducir especies nativas y establecer prácticas ganaderas o agrícolas que reduzcan el estrés hidrológico y la erosión. La ecología terrestre orienta estas intervenciones para lograr resultados duraderos.

La Ecología Terrestre es una disciplina en constante evolución ante los retos planetarios. La integración de ciencia clásica con tecnologías modernas—como sensores remotos, biología de sistemas y análisis de redes—permite comprender mejor los ritmos de los ecosistemas terrestres y diseñar estrategias de conservación eficaces. Mantener la salud de los suelos, la biodiversidad y el equilibrio de los ciclos biogeoquímicos es esencial para asegurar servicios ecológicos, resiliencia climática y bienestar humano. En definitiva, la ecología del planeta tierra, o ecología terrestre, nos invita a convivir con un paisaje vivo y dinámico, y a actuar con responsabilidad para protegerlo para las generaciones futuras.

por Gestor

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Los bosques secos: biodiversidad, desafíos y rutas para su conservación

Qué son los bosques secos

Los bosques secos son ecosistemas complejos que se caracterizan por recibir precipitaciones estacionales, con largos periodos de sequía durante el año. A diferencia de los bosques húmedos, presentan una estructura arbórea más abierta, un dosel que se abre y cierra con las estaciones y una rica diversidad de especies adaptadas a condiciones de estrés hídrico. En estos bosques, la disponibilidad de agua no es constante a lo largo del año, lo que impulsa estrategias de supervivencia como hojas caducas, raíces profundas y brotación rápida tras la lluvia. El resultado es un paisaje dinámico, capaz de albergar una combinación singular de plantas leñosas, arbustos y una fauna adaptada a periodos de escasez.

Los bosques secos se agrupan en varias subcategorías, entre ellas bosques secos tropicales y bosques secos templados o subtropicales. Aunque comparten el rasgo de la sequía estacional, cada tipo presenta su propia biología, geografía y comunidad de especies. En la región tropical, por ejemplo, estos bosques suelen ubicarse en cinturones cercanos a las selvas lluviosas y a las sabanas, donde las lluvias son intensas en determinadas épocas y mínimas en otras. En resumen, los bosques secos son mosaicos ecológicos que se adaptan a la variabilidad climática y que, a la vez, moldean el clima local y el ciclo del agua para las comunidades humanas cercanas.

Tipos y clasificaciones relevantes

Existen varias clasificaciones para los bosques secos, según la región y el tipo de vegetación dominante. En América Latina, por ejemplo, se habla de bosques secos tropicales, bosques deciduos y matorrales secos que acompañan a la transición entre selva y sabana. En África y Asia, los bosques secos a menudo corresponden a formaciones de bosque‑sabana donde las especies caducifolias y las comunidades arbóreas se ajustan al régimen de incendios y a la disponibilidad de agua. Aunque las etiquetas pueden variar, una característica común es la capacidad de estos bosques para recuperarse rápidamente después de las lluvias y para resistir periodos de sequía con estrategias de regeneración y resistencia.

Los bosques secos: distribución y diversidad

Distribución global y regional

Los bosques secos se distribuyen en varias regiones del mundo, destacando áreas de América Latina, África y partes de Asia. En América, los bosques secos tropicales se encuentran en la región central y oriental, con ejemplos representativos en la caatinga del noreste brasileño, en bosques secos de la costa Pacífica de Ecuador y en diversos paisajes de Centroamérica. En África, los Miombo y otros bosques templados o subtropicales conforman paisajes de gran extensión que sostienen comunidades humanas y una rica fauna. En Asia, ciertas sabanas y bosques khaanianos de la península India y del Sureste Asiático presentan variantes de bosques secos influenciados por monzones y regímenes de lluvia estacionales. Esta distribución heterogénea da lugar a una gran diversidad de especies, adaptadas a condiciones locales, pero unidas por la necesidad de sobrevivir a la falta de agua durante una parte significativa del año.

Ejemplos representativos de Los bosques secos

Entre los ejemplos de bosques secos más estudiados se encuentran los bosques secos tropicales de Caatinga en Brasil, que muestran una alta diversidad de plantas espinosas y árboles de hoja caduca que aprovechan las lluvias intensas para florecer y fructificar. En África, los Miombo woodlands constituyen una extensa red de comunidades arbóreas que sustentan una gran variedad de insectos, aves y mamíferos, y que dependen de la disponibilidad de agua temporal para su regeneración. En Asia y el Pacífico, los bosques secos de transición entre selvas húmedas y sabanas exhiben especies adaptadas a incendios naturales y a sequías prolongadas. Esta diversidad regional subraya la importancia de abordajes de conservación ajustados a contextos locales, pues cada bosque seco ofrece servicios ecosistémicos únicos.

Estructura y comunidades biológicas

La estructura de Los bosques secos suele presentar un dosel abierto, con alturas que varían desde 5 hasta 25 metros según la composición y la edad de la selva. Debajo del dosel, la trama de arbustos y sotobosque se organiza en capas que aprovechan las lluvias cuando llegan. Las adaptaciones de las plantas incluyen hojas pequeñas, resinas y tintes protectores contra el calor, así como raíces pivotantes que buscan agua a profundidad. En cuanto a la fauna, estos bosques albergan reptiles, anfibios, mamíferos y una diversidad de aves que aprovechan la estacionalidad para reproducirse. La interrelación entre plantas y animales crea redes tróficas complejas, donde polinizadores, dispersores de semillas y depredadores mantienen el equilibrio ecológico incluso durante las sequías más severas.

Los bosques secos: funciones ecológicas y servicios

Servicios ecosistémicos y valor para comunidades

Los bosques secos proporcionan una amplia gama de servicios ecosistémicos: almacenamiento de carbono en biomasa y suelos, protección de cuencas y recarga de acuíferos, regulación del ciclo hidrológico y mitigación de impactos de sequía. Además, ofrecen alimentos, medicinas, materiales de construcción y servicios culturales que fortalecen la vida de comunidades indígenas y rurales. Su biodiversidad única también constituye un recurso de investigación científica que ayuda a entender respuestas de otros ecosistemas ante cambios climáticos. Desde el punto de vista social, la gestión participativa de estos bosques promueve seguridad alimentaria, generación de ingresos sostenibles y resiliencia ante desastres naturales. Reconocer y valorar estos servicios es clave para justificar inversiones en conservación y restauración.

Relación con el agua y el suelo

La cobertura arbórea de los bosques secos, aun cuando es menos densa que la de los bosques húmedos, juega un papel crucial en la infiltración de agua y en la reducción de la erosión del suelo. En regiones con temporada de lluvias marcadas, la protección de suelos evita sedimentación y mantiene la calidad de los cursos de agua. La vegetación de Los bosques secos también modera las temperaturas del suelo y favorece la estabilidad de los acuíferos superficiales, lo que beneficia a comunidades próximas que dependen de fuentes de agua para consumo humano, riego y uso ganadero. En conjunto, estos procesos subrayan la importancia de conservar la integridad del paisaje para asegurar servicios hídricos a largo plazo.

Los bosques secos: procesos ecológicos y dinámicas del paisaje

Relación con el fuego y manejo del paisaje

El fuego es una variable natural que ha moldeado a Los bosques secos durante milenios. Muchas especies han desarrollado adaptaciones para sobrevivir a incendios periódicos, como corteza gruesa, rebrotación rápida y semillas que germinan tras el calor. Sin embargo, el aumento de incendios provocados por actividades humanas y la sequía extrema debilitan la resiliencia de estos bosques. Un manejo adecuado del fuego implica comprender su papel en el ecosistema, establecer controles para evitar incendios catastróficos y, al mismo tiempo, permitir que ciertos procesos de regeneración fomenten la diversidad estructural y funcional del bosque. La gestión del fuego debe ser contextualizada, incorporando conocimiento local y ciencia ambiental para evitar daños irreparables.

Interacciones entre especies y polinización

La diversidad de Los bosques secos está sostenida por complejas interacciones entre plantas, polinizadores, dispersores de semillas y depredadores. Muchas plantas dependen de insectos o aves para la reproducción, y ciertas especies de frutos atraen a fauna que facilita la dispersión de semillas a grandes distancias. Este entramado crea redes ecológicas que fortalecen la resiliencia ante perturbaciones y permiten la recuperación después de sequías o incendios. Entender estas interacciones ayuda a diseñar estrategias de restauración que recompongan las cadenas tróficas y mantengan la salud del ecosistema a lo largo del tiempo.

Amenazas actuales y presión humana

Los bosques secos enfrentan múltiples amenazas derivadas de la intervención humana: deforestación para agricultura y ganadería, extracción de madera, expansión urbana y minería. La fragmentación del paisaje rompe conectividad entre parches forestales, dificultando el movimiento de especies y la dispersión de semillas. Además, la presión de incendios fuera de control y el cambio de uso del suelo contribuyen a la pérdida de hábitats críticos. Estas presiones, combinadas con variaciones climáticas, reducen la biodiversidad y pueden conducir a estados de menor productividad ecológica, afectando servicios como el agua, la captura de carbono y la seguridad alimentaria de comunidades locales.

Cambio climático y su impacto en Los bosques secos

El cambio climático intensifica las sequías, altera los patrones de lluvia y eleva las temperaturas, lo que afecta directamente la salud de Los bosques secos. El estrés hídrico puede disminuir la vitalidad de árboles, aumentar la vulnerabilidad a plagas y enfermedades y modificar las dinámicas de regeneración tras perturbaciones. A nivel regional, estos cambios pueden provocar desplazamientos de límites de distribución de especies, afectando la composición de bosques y la conectividad entre parches. Por ello, las estrategias de conservación deben incorporar escenarios climáticos y promover la diversidad genética para mejorar la adaptabilidad de las comunidades vegetales y animales.

Fragmentación y pérdida de conectividad

La fragmentación reduce la capacidad de las poblaciones para sostenerse a lo largo del tiempo. Fragmentos aislados pueden experimentar procesos de deriva genética, disminución de la viabilidad poblacional y menor resiliencia ante sequías e incendios. La conectividad ecológica, a través de corredores biológicos y mantenimiento de áreas protegidas contiguas, se vuelve una herramienta clave para conservar la funcionalidad de Los bosques secos. Diseñar paisajes adherentes y con continuidad entre parches permite que especies migren, busquen alimentos y mantengan la estructura ecológica necesaria para la rehabilitación de los ecosistemas afectados.

Estrategias a nivel de paisaje

La conservación de los bosques secos requiere un enfoque de paisaje, que combine áreas protegidas, zonas de conservación comunitaria, reforestación y restauración de franjas de conectividad. La participación de comunidades locales y pueblos indígenas es fundamental para garantizar prácticas sostenibles y beneficios sociales. Las estrategias incluyen monitoreo participativo, uso de inventarios de biodiversidad, implementación de planes de manejo adaptados a las condiciones locales y la promoción de prácticas agroforestales que reduzcan la presión sobre los bosques. La integración de saberes tradicionales con ciencia moderna puede mejorar la gobernanza y la sostenibilidad de estos paisajes.

Protección, áreas protegidas y conectividad

Las áreas protegidas juegan un papel crucial en la conservación de Los bosques secos, pero la protección debe ir más allá de la frontera de un parque. Mantener conectividad entre parches forestales facilita el movimiento de especies y la regeneración natural. Los corredores biológicos, las regeneraciones naturales asistidas y las prácticas de manejo que minimizan la fragmentación son componentes clave. Además, la protección de cuencas y la gestión de usos de suelo en zonas cercanas permiten reducir la erosión y mantener la calidad del agua, reforzando la resiliencia de las comunidades humanas dependientes de estos recursos.

Participación de comunidades y saberes tradicionales

La experiencia de comunidades locales y pueblos indígenas aporta enfoques prácticos para la conservación de los bosques. El conocimiento tradicional sobre usos de plantas medicinales, manejo de incendios y prácticas de caza sostenible se complementa con herramientas modernas de monitoreo ambiental y planificación territorial. La co‑gestión, la distribución equitativa de beneficios y la educación ambiental fortalecen la gobernanza y aumentan la probabilidad de que las medidas de conservación sean aceptadas y practicadas a largo plazo.

Principios de restauración ecológica

La restauración de Los bosques secos busca recuperar la estructura y función del ecosistema, no solo plantar árboles. Un enfoque efectivo combina reubicación de especies nativas, restauración del suelo, control de especies invasoras y manejo del fuego de modo que se restablezca la diversidad de plantas y la red trófica. La restauración debe ser a largo plazo, con metas realistas y monitoreo continuo para ajustar las intervenciones según las respuestas del ecosistema y las condiciones climáticas.

Casos de éxito y prácticas adecuadas

Existen casos de éxito en diferentes regiones donde la restauración de bosques secos ha mostrado mejoras sustanciales en la biodiversidad y en la provisión de servicios. En muchos proyectos, la participación comunitaria, la selección de especies adaptadas localmente y la integración de prácticas agroforestales han sido claves para obtener resultados sostenibles. Aprender de estas experiencias y adaptar las lecciones a contextos específicos es una de las vías más sólidas para avanzar en la conservación de Los bosques secos.

Qué hace falta para una restauración sostenible

La restauración sostenible exige financiación estable, marcos regulatorios claros y cooperación entre gobiernos, comunidades y sector privado. Además, es fundamental medir resultados a través de indicadores de biodiversidad, productividad del bosque y servicios ecosistémicos. La educación ambiental y la comunicación de beneficios a la sociedad ayudan a mantener el impulso de los esfuerzos de restauración y a ganar apoyo público para proyectos a largo plazo.

Investigación y monitoreo

La ciencia moderna aporta herramientas para comprender mejor Los bosques secos: mapeo de vegetación, monitoreo de cambios en cubiertas, análisis de suelos y uso de tecnología para seguir la biodiversidad. Los datos abiertos y colaboraciones entre universidades, ONGs y comunidades permiten adaptar estrategias de conservación a escalas locales y regionales. Este enfoque de evidencia facilita la toma de decisiones informadas y la priorización de áreas críticas para la protección y restauración.

Saberes tradicionales y ciencia moderna

La sabiduría ancestral de las comunidades que conviven con estos bosques aporta prácticas útiles para la gestión sostenible. El conocimiento sobre calendarios de quemas, manejo de recursos y medición de señales ambientales complementa la investigación científica. La sinergia entre saberes tradicionales y enfoques científicos modernos fortalece la resiliencia social y ecológica, promoviendo soluciones que respetan la cultura y la biodiversidad de los Los bosques secos.

Turismo responsable y educación ambiental

El turismo responsable puede ser un motor de conservación si se realiza con criterios de bajo impacto y en beneficio de las comunidades locales. La educación ambiental fomenta una ciudadanía informada que valora la biodiversidad y apoya políticas públicas orientadas a la preservación de estos bosques. Participar en programas de voluntariado, apoyar proyectos de restauración y elegir guías y operadores que prioricen prácticas sostenibles son acciones concretas que contribuyen a la protección de Los bosques secos.

Guía para lectores interesados en conservar estos bosques

Para quienes desean involucrarse, es útil empezar por entender la localización y las necesidades específicas de la región de Los bosques secos en la que viven. Promover la conservación a través de decisiones diarias, como reducir el consumo de productos que impulsan la deforestación, apoyar proyectos comunitarios y participar en iniciativas de monitoreo ciudadano, puede hacer una diferencia tangible. La conservación de estos ecosistemas no es solo una cuestión de ciencia; es una responsabilidad colectiva que mejora la calidad de vida de las generaciones presentes y futuras.

Los bosques secos son ecosistemas valiosos y frágiles que albergan una gran diversidad biológica, cumplen funciones esenciales para el ciclo del agua y proporcionan servicios que sostienen a las comunidades humanas. Su conservación y restauración requieren un enfoque integrado que combine ciencia, saberes tradicionales, políticas públicas y participación ciudadana. Frente a las amenazas de deforestación, incendios y cambio climático, la resiliencia de Los bosques secos dependerá de nuestra capacidad para gestionar el paisaje de manera sostenible, mantener la conectividad entre parches y promover prácticas que reduzan la presión sobre estos bosques tan cargados de historia y vida. Cuidar los bosques secos es cuidar el balance ecológico de regiones enteras y garantizar un futuro más verde para todas las comunidades que dependen de ellos.